viernes, 30 de enero de 2015

SAN JUAN BOSCO. Fundador de la Sociedad de San Francisco de Sales, los salesianos, y de la Congregación de Hijas de María Auxiliadora. Nació junto a Castelnuovo, en la diócesis de Turín, el año 1815. Su niñez fue dura. Ordenado sacerdote, dedicó sus energías y sus admirables dones carismáticos a la educación de los jóvenes, a los que enseñaba diversos oficios y formaba en la vida cristiana, en aquel momento histórico de la naciente industrialización y de la aparición del movimiento obrero. Escribió también algunos opúsculos en defensa de la religión. Promovió la devoción a María Auxiliadora. Destacó entre los santos de su tiempo, especialmente en el apostolado de la juventud, en el que usó y enseñó el método basado en el amor y la confianza en los jóvenes, la persuasión, la religiosidad auténtica, el amor atento a prevenir más que a reprimir. Fue terciario franciscano y muy devoto de san Francisco. Murió en Turín el 31 de enero de 1888.- Oración: Señor, tú que has suscitado en san Juan Bosco un padre y un maestro para la juventud, danos también a nosotros un celo infatigable y un amor ardiente, que nos impulse a entregarnos al bien de los hermanos y a servirte a ti en ellos con fidelidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
BEATA LUDOVICA ALBERTONI. Nació en Roma el año 1474, de la noble familia de los Albertoni. A los veinte años fue dada en matrimonio al noble Giacomo de la Cetera, del que tuvo tres hijas. En 1506, después de 12 años felices de matrimonio, quedó viuda. Ingresó en la Tercera Orden de San Francisco, vistió aun externamente su hábito, y, además de cuidar la educación de sus hijas, inició una nueva vida toda ella consagrada a la oración y contemplación, a la penitencia y a las obras de misericordia, como la de proveer de dote a las jóvenes pobres para su matrimonio o la de visitar a pobres y enfermos en sus tugurios o en los hospitales. El Señor le concedió carismas extraordinarios. Murió en Roma el 31 de enero de 1533. Su cuerpo se conserva en un espléndido sepulcro, obra de Bernini, en la iglesia de San Francisco a Ripa, en Roma.




BEATA MARÍA CRISTINA DE SABOYA. Nació en Cagliari (Italia) el 14-XI-1812, hija de Victor Manuel I, rey de Cerdeña, y de María Teresa de Austria-Este. Recibió una sólida educación cristiana. Hubiera preferido retirarse a un convento, pero aceptó el matrimonio. Se casó con Fernando II, rey de las Dos Sicilias, el 21-XI-1832. Durante el breve periodo en que fue reina, se dedicó sobre todo a la vida de piedad y a las obras de caridad. Aconsejó sabiamente a su marido. Infundió paz, serenidad y religiosidad en la corte. Fundó un hogar para los necesitados. Socorrió con prodigalidad a los pobres. Dotó a muchas jóvenes para el matrimonio. Consiguió la conmutación de la pena capital por otra menor en numerosos casos. Reactivó la industria de la seda. Su ejemplo extraordinario de caridad testimonia que la vida ! buena del Evangelio es posible en todo ambiente y condición social. Falleció el 31 de enero de 1836 en Nápoles (Italia), a la edad de 23 años, por las complicaciones tras el parto de su único hijo, Francisco II. Beatificada el 25-I-2014.
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San Abrahán. Obispo de Arbela (Persia) que, por negarse a cumplir el mandato del rey Sapor II de adorar al sol, fue decapitado el año 345.
San Agustín Pak Chong-Won y cinco compañeros mártires coreanos. Los seis eran seglares nacidos en Corea: Agustín Pak Chong-Won, Pedro Hong Pyong-Ju, María Yi In-Dog, Magdalena Son So-Byog, Ágata Yi Kyong-I y Ágata Kwon Chin-I. Todos ellos soportaron con paciencia y paz interior los repetidos y variados tormentos a que fueron sometidos para que renegaran de su fe; por el contrario, confesaron con entereza su adhesión a Cristo y a la Iglesia, y fueron decapitados juntos el año 1840.
San Aidano o Maedod. Obispo de Ferns (Irlanda), que había fundado allí un monasterio, del que fue abad. Se distinguió por su gran austeridad de vida. Murió el año 626.
Santos Ciro y Juan. Después de sufrir muchos tormentos por su fe en Cristo, fueron decapitados en Alejandría de Egipto a principios del siglo IV.
San Eusebio. Nacido en Irlanda, emprendió una larga peregrinación, durante la que vistió el hábito benedictino en la abadía suiza de St. Gall. Después pasó a la vida eremítica en el Monte San Víctor de Voralberg, cerca de Rankwail (hoy Austria), donde murió el año 884.
San Francisco Javier María Bianchi. Sacerdote que vistió el hábito de los barnabitas después de estudiar derecho. Fue un gran apóstol de Nápoles. Académico y profesor universitario, se distinguió aún más por sus muchas obras de caridad y su asiduo apostolado entre las clases humildes. Dios lo adornó de dones carismáticos extraordinarios. La enfermedad lo tuvo paralizado trece años, lo que lo llevó a ser maestro y guía de almas elegidas y santas. Murió en Nápoles el año 1815.
San Geminiano. Obispo de Módena (Italia), que recondujo a su Iglesia de la herejía arriana a la fe católica. Murió el año 348.
San Julio. Sacerdote que ejerció fructuosamente el santo ministerio en el Alto Novarese (Italia). Con el apoyo imperial, convirtió los templos paganos en iglesias cristianas. Murió en Novara a comienzos del siglo IV.
Santa Marcela. Pertenecía a la nobleza romana. Contrajo matrimonio y pronto quedó viuda. Entonces su palacio se convirtió en lugar de reunión de otras piadosas matronas, y luego en centro de difusión monástica. San Jerónimo, que fue director espiritual de aquel grupo ascético, dice de ella que, después de haber despreciado riquezas y nobleza, se hizo más noble por la pobreza y humildad. Murió en Roma el año 410.
San Metrano. Fue martirizado en Alejandría de Egipto, en tiempo del emperador Decio. Se negó a pronunciar los juramentos y palabras impías que le exigían sus verdugos, y por eso fue flagelado y apedreado hasta la muerte fuera de la ciudad el año 249.
Santos Victorino, Víctor, Nicéforo, Claudio, Diodoro, Serapión y Papías. Fueron martirizados el Corinto (Acaya, Grecia), el año 250, durante la persecución de Decio, emperador de Roma.
San Waldo. Fue obispo de Évreux (Francia), en el siglo VII.
Beata Candelaria de San José. Nació en Altagracia (Venezuela) en el seno de una familia muy cristiana, de la que heredó la preocupación por los pobres y enfermos. Junto con otras jóvenes fundó un hospital, y allí se inició la congregación de las Hermanas Carmelitas de la Madre Candelaria. Su vida transcurrió entre los pobres y se distinguió por su humildad, su caridad con ellos, su vida de fe, oración y amor a la Iglesia. Además, se preocupó por la educación de los niños. Murió en Cumaná (Venezuela) el año 1940, y fue beatificada en el 2008.
Beato Luis Talamoni. Se ordenó de sacerdote en 1871, estudió historia y filosofía, y fue profesor del seminario de Monza hasta su muerte. A la vez fue un predicador incansable, y tan asiduo en la administración del sacramento de la reconciliación, que mereció el sobrenombre de "mártir del confesonario". Para atender a los enfermos en su casa, sobre todo por la noche, fundó la congregación de las Hermanas de la Misericordia. Murió el año 1926 y fue beatificado en el 2004.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
En aquel tiempo presentaron a Jesús unos niños para que los tocara; pero los discípulos les regañaban. Al ver esto, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como niño, no entrará en él». Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos (Mc 10,13-16).
Pensamiento franciscano:
Dice san Francisco acerca de los predicadores: --Todos los hermanos prediquen con las obras... Por eso, en la caridad que es Dios, suplico a todos mis hermanos... que se esfuercen por humillarse en todas las cosas, por no gloriarse ni gozarse en sí mismos ni ensalzarse interiormente por las palabras y obras buenas, más aún, por ningún bien, que Dios hace o dice y obra alguna vez en ellos y por medio de ellos (1 R 17,3-6).
Orar con la Iglesia:
Adoremos a Cristo, el Dios santo, y pidámosle que nos enseñe a servirle con santidad y justicia:
-Señor Jesús, probado en todo como nosotros, menos en el pecado, compadécete de nuestras debilidades.
-Señor Jesús, que a todos nos llamas a la perfección del amor, danos el progresar por caminos de santidad y buenas obras.
-Señor Jesús, que quieres que seamos sal de la tierra y luz del mundo, ilumina nuestras vidas con tu propia luz.
-Señor Jesús, que viniste al mundo para servir y no para que te sirvieran, haz que sepamos servirte a ti y a nuestros hermanos con humildad.
-Señor Jesús, que nos dijiste que no impidiéramos a los pequeños acercarse a ti, concédenos que con nuestras obras les facilitemos el encuentro contigo.
Oración: Dios Padre de bondad, acoge las peticiones que te hemos presentado confiados en la intercesión de tu Hijo Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
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EL CARISMA DE SAN JUAN BOSCO
Del discurso de S. S. Benedicto XVI
al Capítulo General de los Salesianos (31-III-08)
Don Bosco quiso que la continuidad de su carisma en la Iglesia estuviera asegurada por la opción de la vida consagrada. También hoy el movimiento salesiano sólo puede crecer en fidelidad carismática si en su interior sigue siendo un núcleo fuerte y vital de personas consagradas. Por eso, con el fin de fortalecer la identidad de toda la congregación, vuestro primer compromiso consiste en reforzar la vocación de cada salesiano a vivir en plenitud la fidelidad a su llamada a la vida consagrada.
Toda la congregación debe tender a ser continuamente «memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos» (VC 22). Cristo debe ocupar el centro de vuestra vida. Es preciso dejarse aferrar por él y recomenzar siempre desde él. Todo lo demás ha de considerarse «pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús» y todo ha de tenerse «por basura para ganar a Cristo» (Flp 3,8).
De aquí brota el amor ardiente al Señor Jesús, la aspiración a configurarse con él asumiendo sus sentimientos y su forma de vida, su abandono confiado al Padre, su entrega a la misión evangelizadora, que deben caracterizar a todo salesiano. Debe sentirse elegido para seguir a Cristo obediente, pobre y casto, según las enseñanzas y el ejemplo de don Bosco.
El proceso de secularización, que avanza en la cultura contemporánea, lamentablemente afecta también a las comunidades de vida consagrada. Por eso, es preciso velar sobre formas y estilos de vida que corren el peligro de debilitar el testimonio evangélico, haciendo ineficaz la acción pastoral y frágil la respuesta vocacional. En consecuencia, os pido que ayudéis a vuestros hermanos a conservar y a reavivar la fidelidad a la llamada. La oración que Jesús dirigió al Padre antes de su pasión para que cuidara en su nombre a todos los discípulos que le había dado y para que ninguno de ellos se perdiera (cf. Jn 17,11-12), vale de modo particular para las vocaciones de especial consagración.
Por eso, «la vida espiritual debe ocupar el primer lugar en el programa» de vuestra congregación (VC 93). La palabra de Dios y la liturgia han de ser las fuentes de la espiritualidad salesiana. En particular, la lectio divina, practicada diariamente por todo salesiano, y la Eucaristía, celebrada cada día en la comunidad, deben ser su alimento y su apoyo. De aquí nacerá la auténtica espiritualidad de la entrega apostólica y de la comunión eclesial. La fidelidad al Evangelio vividosine glossa y a vuestra Regla de vida, en particular un estilo de vida austero y la pobreza evangélica practicada de modo coherente, el amor fiel a la Iglesia y la entrega generosa de vosotros mismos a los jóvenes, especialmente a los más necesitados y desvalidos, serán una garantía del florecimiento de vuestra congregación.
Don Bosco es un ejemplo brillante de una vida impregnada de celo apostólico, vivida al servicio de la Iglesia dentro de la congregación y la familia salesianas. Siguiendo las huellas de san José Cafasso, vuestro fundador aprendió a asumir el lema "da mihi animas, cetera tolle" como síntesis de un modelo de acción pastoral inspirado en la figura y en la espiritualidad de san Francisco de Sales. Ese modelo se sitúa en el horizonte de la primacía absoluta del amor de Dios, un amor que llega a forjar personalidades ardientes, deseosas de contribuir a la misión de Cristo para encender toda la tierra con el fuego de su amor (cf. Lc 12,49).
Juntamente con el amor a Dios, la otra característica del modelo salesiano es la conciencia del valor inestimable de las «almas». Esta percepción genera, por contraste, una agudo sentido del pecado y de sus devastadoras consecuencias en el tiempo y en la eternidad. El apóstol está llamado a colaborar en la acción redentora del Salvador, para que no se pierda nadie. Por consiguiente, «salvar las almas», precisamente según las palabras de san Pedro, fue la única razón de ser de don Bosco. El beato Miguel Rua, su primer sucesor, sintetizó así toda la vida de vuestro amado padre y fundador: «No dio ningún paso, no pronunció ninguna palabra, no emprendió ninguna empresa que no estuviera orientada a la salvación de la juventud. (...) Realmente, sólo le interesaban las almas». Así se refirió el beato Miguel Rua acerca de don Bosco.
También hoy es urgente alimentar este celo en el corazón de cada salesiano. Así no tendrá miedo de actuar con audacia incluso en los ámbitos más difíciles de la acción evangelizadora en favor de los jóvenes, especialmente de los más pobres material y espiritualmente. Tendrá la paciencia y la valentía de proponer a los jóvenes vivir la misma totalidad de entrega en la vida consagrada. Tendrá el corazón abierto a descubrir las nuevas necesidades de los jóvenes y a escuchar su invocación de ayuda, dejando eventualmente a otros los campos ya consolidados de intervención pastoral.
Por eso, el salesiano afrontará las exigencias totalizadoras de la misión con una vida sencilla, pobre y austera, compartiendo las mismas condiciones de los más pobres, y tendrá la alegría de dar más a quienes en la vida han recibido menos. Así el celo apostólico resultará contagioso e implicará también a otros. Por tanto, el salesiano se hace promotor del sentido apostólico, ayudando ante todo a los jóvenes a conocer y amar al Señor Jesús, a dejarse fascinar por él, a cultivar el compromiso evangelizador, a querer hacer el bien a sus coetáneos, a ser apóstoles de otros jóvenes, como santo Domingo Savio, la beata Laura Vicuña y el beato Ceferino Namuncurá, y los cinco jóvenes beatos mártires del oratorio de Poznan. Queridos salesianos, comprometeos en la formación de laicos con corazón apostólico, invitando a todos a caminar en la santidad de vida que hace madurar discípulos valientes y apóstoles auténticos.
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«TRABAJÉ SIEMPRE CON AMOR»
De las cartas de san Juan Bosco
Si de verdad buscamos la auténtica felicidad de nuestros alumnos y queremos inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones, conviene, ante todo, que nunca olvidéis que hacéis las veces de padres de nuestros amados jóvenes, por quienes trabajé siempre con amor, por quienes estudié y ejercí el ministerio sacerdotal, y no sólo yo, sino toda la Congregación salesiana.
¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.
Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.
Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor.
Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.
Este era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto, nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.
Son hijos nuestros, y, por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.
Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.
En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.
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CÓMO CONCIBIÓ Y VIVIÓ SAN FRANCISCO
EL ANUNCIO EVANGÉLICO

I. SU INTUICIÓN FUNDAMENTAL 
por Michel Hubaut, o.f.m.
¡Cuántas voces nuevas se levantaban ya en el siglo XIII! ¡Cómo empezaba a patinar ya el lenguaje tradicional de 1a Iglesia en el universo cultural nuevo que estaba surgiendo! ¡Cuántas debilidades de la Iglesia debían embotar la palabra del predicador! La tentación de callarse debía irse infiltrando en el corazón de no pocos creyentes...
La gente se pregunta ya sobre las ambigüedades de un anuncio semejante: ¿Es el de una iglesia determinada, el de una «civilización cristiana», o el del Evangelio? Lo cierto es que no bastaba ya repetir enérgicamente un «pensamiento ortodoxo» o reformar las estructuras para convencer y evangelizar. La cuestión estaba ya planteada: ¿Cómo anunciar una Buena Nueva que sigue siendo una esperanza activa, un poder de vida que dinanmiza a quienes la reciben?...
Francisco de Asís apareció como una respuesta viva a estas preguntas para sus contemporáneos; pero, ¿puede todavía hoy ayudarnos a resolver estos interrogantes en un contexto cultural diferente? Vamos a intentar probar que sus intuiciones en este campo fueron tan profundas, que han adquirido una verdadera permanencia universal, aun cuando tengamos que re-inventar aplicaciones propias de nuestro tiempo.
En Francisco, la experiencia personal precede siempre a la reflexión. Así, la dimensión «misionera» de su vida evangélica sólo emerge verdaderamente después de tres largos años deconversión personal a la Buena Nueva.
Todo el mundo conoce el episodio decisivo del Evangelio del «envío a misión» en la Porciúncula. San Francisco entiende inmediatamente, durante la misa de los apóstoles, esa «carta» del misionero (Mt 10), en la que el Evangelio se convierte en «una Buena Nueva que hay que anunciar» (LM 3,1-2).
Lo que impresiona a Francisco es, ante todo, una manera evangélica de vivir en medio de los hombres. No es la predicación explícita de los apóstoles lo que, en primer lugar, le seduce, sino su género de vida. Él se da cuenta de inmediato de que el enviado es la expresión viva de su mensaje. La vida misma del apóstol constituye la primera «Palabra» explícita del Reino... Esta intuición es decisiva. Francisco comprende que ser «enviado» no consiste primariamente en hablar, sino en comprometer toda su existencia en el Misterio de la Salvación, en revivir la existencia de Cristo Jesús, en identificarse con su misión.
Como la mayor parte de sus intuiciones espirituales, ésta se enraíza en una percepción casi visual del misterio de la Encarnación. Él «ve» que el Hijo único de Dios, el Enviado, el Misionero por excelencia, el Anunciador privilegiado, deja la gloria del Padre para venir a nosotros. Esto es lo que le conmueve: ese misterioso movimiento de la Encarnación del Amor Salvador que arrastra a Dios a caminar entre los hombres. Su concepción de la misión y del «Anuncio» brota de esa experiencia mística fundamental. Anunciar el Evangelio no es, primariamente, predicar un mensaje, sino participar en ese movimiento permanente del Amor que se da, revivir esa «andadura misionera» de la Encarnación redentora. En adelante, la única justificación de su comportamiento apostólico será: «El señor dice..., el Señor hizo...».
Francisco contempla a Cristo, y el famoso dilema «¿hay que decir o hay que hacer?», se desvanece por sí mismo. Su mirada interior capta de golpe la unidad del Anuncio del Evangelio. El anuncio de la Salvación hecho carne en Jesús es a la vez un ejemplo de vida, una palabra proclamada y la sangre derramada.
La misión de Cristo es a la vez un misterio de presencia discreta, silenciosa y laboriosa entre nosotros, durante treinta años; durante tres años, una manifestación pública en signos y en palabras; durante tres días, una vida entregada hasta el don de la sangre. Treinta años, tres años, tres días. Ahí tenemos las tres modalidades de la misión en que Jesús anuncia y salva. Tres modalidades que los enviados deberán revivir, más o menos, según las llamadas del Espíritu y los acontecimientos exteriores.
Francisco captó tan bien este misterio único de la misión que jamás disociará esas tres dimensiones del Anuncio del Evangelio. Su intuición cambia de arriba abajo la concepción de su tiempo, que mezclaba siempre el anuncio y su sueño de conquista o de cruzada. Por eso, Francisco considera explícitamente la misión para sus hermanos bajo esas tres modalidades crísticas. ¡Por primera vez en la Iglesia se inserta en una regla de vida religiosa un capítulo especial referente a la misión!

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