viernes, 30 de enero de 2015

Homilías Párroco Benjamín Oltra, 
Domingo 4º T. O.

Mc. 1, 21-28:
Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres, el Santo de Dios”. Jesús lo increpó: “Cállate y sal de Él”. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: “¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta los espíritus inmundos les manda y le obedecen”. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Conviene no confundir “autoridad” con “poder”.
“Autoridad” viene de “autoritas” y esta de “auctor”,
“actor”, el que es autor de sí mismo, quien es original.


El Diccionario de la R. A. E. sobre la “autoridad”, dice:
Crédito y fe, que se da a una persona en determinada materia”.

Confesamos que Dios es nuestro padre-creador, no es nuestro fabricante,
porque nos crea deseando y queriendo que cada  uno  se haga  a sí mismo,
que se haga desde su autonomía, en armonía, coherencia y responsabilidad.

Dios nos crea y actúa en nuestra misma autonomía y responsabilidad;
nos ayuda pero no nos sustituye ni suple, nos deja ser nosotros mismos.

Los cristianos estamos llamados a ser apóstoles del evangelio.
El primer evangelio a transmitir es el de la autenticidad personal,
esa es la primera buena noticia; si esa falla, todo lo demás se viene abajo.

Dios, que nos da la vida y nos ama,
nos pide vivir en autenticidad, “mereciendo crédito y fe
nos llama a vivir de forma que merezcamos ser “autoridad”.

La “autoridad” es un carisma que conceden los demás
al ver  vivir  en  fidelidad y armonía  con lo que uno es, siente y piensa
sirviendo desinteresadamente a los que no tienen a nadie y te necesitan.

La “autoridad” es un carisma que se confiere a algunos,
a los que buscan la voluntad de Dios para cumplirla.

“Instruir o enseñar” se puede hacer desde el “poder”;
“educar” solo se puede desde la “autoridad”.
La “autoridad”, que posibilita el educar,
reclama vivir una fe sostenida por la esperanza
y realizada en obras de amor y entrega desinteresada.
La “autoridad” proviene de una vida entregada al amor y al servicio.

Para tener “autoridad” hay que vivir de forma ejemplar,
realizándote con fidelidad al modelo bajo el que se te creó
viviendo sincero y sin dicotomía ni doblez alguna de corazón,
absolutamente sincero contigo mismo, con los demás y con Dios.

Se le otorga “autoridad” al que permite que Dios reseteé o reconfigure continuamente su corazón, indicándole por dónde ha de ir o qué hacer y,
le venga bien o mal, lo cumple fiándose, esperando y amando.

Sabemos que alguien tiene “autoridad” cuando al verle amar
vemos  que sin pretenderlo  infunde también a los demás ganas de amar,
que cuando espera, al poco, desaparece la desesperanza en los angustiados
y al verle creer hace que la cosa parezca natural y fácil para todo el mundo.

Las gentes con “autoridad” rezan en plena tormenta
pero siguen remando con más fuerza hasta llegar a puerto.
A los que son “autoridad” el creer, el esperar y amar a Dios
no les ahorra el esfuerzo; Dios no es para ellos un pararrayos.

Dios nos habla a través de los que son y tienen “autoridad”,
estos, los que tienen “autoridad”, nunca nos dejan solos
ni cuando mueren nos dejan solos. Son los santos.

Uno es y tiene “autoridad” cuando es santo,
cuando es portador de la imagen y del espíritu de Dios.

Los que entre nosotros tenemos la responsabilidad de educar,
(padres, maestros o sacerdotes), todos estamos llamados
a vivir de forma que alcancemos ser “autoridad”,
estamos llamados a la santidad.

Se dice que hay crisis de obediencia, también la hay de autoridad;
(sacerdotes, padres y maestros) estamos muy lejos de ser como conviene,

Cuando uno no tiene “autoridad” es fácil que acuda al “poder”
para imponer su voluntad y controlar el comportamiento de los demás
utilizando razones de fuerza, coacción y amenazas. Se equivoca, no educa.


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