sábado, 31 de enero de 2015

BEATA VIRIDIANA DE ATTAVANTI. Nació en Castelfiorentino (Florencia) hacia 1180/82. Desde joven llamó la atención de sus paisanos por su piedad y sus virtudes humanas y cristianas. Peregrinó a Roma y a Santiago de Compostela. A su regreso, decidió vivir como reclusa. Le construyeron una celdita junto a una capilla de san Antonio abad, cerca del pueblo. Hizo voto de reclusión en la parroquia, vistió la túnica de penitente y, acompañada del clero y del pueblo, marchó a su choza, donde permaneció encerrada treinta cuatro años dedicada a la oración y la penitencia. Muchas personas acudían a ella en busca de consuelo o de consejo, y le llevaban alimentos, que luego ella distribuía a los pobres que la visitaban. Se dice que en 1221 san Francisco fue a visitarla y la admitió en su Tercera Orden. Murió en su pueblo natal el 1 de febrero de 1242.
BEATO ANDRÉS CONTI. Nació en Anagni (Lacio) hacia 1240, de la noble familia de los Condes de Segni, a la que pertenecieron los papas Inocencio III, Gregorio IX, Alejandro IV y Bonifacio VIII, estos dos últimos eran tío y sobrino respectivamente del Beato. De joven entró en la Orden franciscana, recibió la ordenación sacerdotal y, aunque con preparación y dotes para la actividad apostólica, con el permiso de los superiores se retiró al convento eremitorio de Piglio (Frosinone), donde pasó toda su vida entregado a la oración y la penitencia. Dios le concedió dones carismáticos para ayudar y aconsejar a las almas con problemas. Era buen teólogo y escribió una obra notable sobre la Virgen. Los papas le ofrecieron el capelo cardenalicio, que rehusó humildemente. Murió el 1 de febrero de 1302.




BEATO CONOR O'DEVANY. Es uno de los 17 mártires irlandeses beatificados por Juan Pablo en 1992 (cf. 20 de junio). Nació en el Ulster hacia el año 1532. Franciscano desde su juventud y sacerdote acreditado por su celo, fue nombrado obispo de Down y Connor en 1582 por Gregorio XIII. El 1 de febrero de 1612, bajo el reinado de Jacobo I de Inglaterra, fue ahorcado en Dublín junto con el beato Patricio O'Lougham, sacerdote diocesano, ante una multitud de personas que habían acudido a su ejecución. Bastante antes habían sido apresados, maltratados, y finalmente juzgados y hallados culpables de negarse a reconocer la primacía religiosa del rey, y por ello condenados como reos de alta traición. Conor no cesó de alentar a los católicos a permanecer fieles a su fe y al Papa. Ambos se inmolaron perdonando a sus verdugos y orando por Irlanda.
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San Agripano. Hacia el año 650 fue consagrado obispo en Roma por el papa Martín I, quien lo destinó a la diócesis francesa de Puy-en-Velay. Gobernó santamente su diócesis y luchó contra los arrianos. Al regresar de un viaje a Roma, fue asaltado y degollado por unos paganos.
Santa Brígida de Kildare. Nació en Fochairt (Irlanda) hacia el año 452. Fundó, cerca de Kildare, uno de los primeros monasterios irlandeses, y prosiguió la obra de evangelización iniciada por san Patricio. Murió en su monasterio hacia el año 524.
San Enrique Morse. Nació en Brome (Inglaterra), ingresó en la Compañía de Jesús y recibió la ordenación sacerdotal, razón por la cual fue desterrado por dos veces y finalmente apresado y encarcelado. Condenado por ser sacerdote católico y permanecer fiel al Papa, lo ahorcaron en la plaza Tyburn de Londres el año 1645, durante el reinado de Carlos I.
San Juan de la Cratícula. Era canónigo regular cuando, en 1144, fue elegido obispo de Aleth y Tréguier; por razones de seguridad, trasladó la sede episcopal a Saint-Malo (Bretaña, Francia), donde murió el año 1163. San Bernardo, que lo había apoyado y confortado, lo alabó por ser un obispo pobre, amigo de los pobres y amante de la pobreza.
San Pablo de Trois Châteaux. Obispo de Augusta Tricastrinorum, ciudad que luego tomó el nombre de su santo pastor: Saint-Paul-Trois-Chêteaux (Vienne, Francia). Murió en siglo incierto, IV o VI.
Santos Pablo Hong Yong-ju, Juan Yi Mun-u y Bárbara Ch'oe Yong-i. Los tres eran laicos coreanos. Pablo era catequista, Juan atendía a los pobres y enterraba los cuerpos de los mártires, Bárbara era viuda y vivía siguiendo el ejemplo de sus padres y de su marido, que habían sido asesinados a causa del nombre de Cristo. Los tres fueron decapitados en Seúl el año 1840.
San Raimundo de Fitero. Abad del monasterio cisterciense de Santa María de Fitero (Navarra). Cuando la plaza de Calatrava (Ciudad Real) estuvo en peligro de caer bajo el poder de los musulmanes, san Raimundo se prestó a defenderla con un grupo de monjes y de caballeros, y, asentados allí, fundó la Orden de Calatrava, monástica y militar. Ya anciano, se trasladó a Ciruelos (Toledo), donde falleció hacia el año 1163.
San Severo. Tenemos escasas noticias de su vida. Sabemos que fue obispo de Ravena (Italia) y que participó en el Concilio de Sárdica (Sofía, Bulgaria) celebrado en los años 342-343. Debió de fallecer poco después.
San Sigisberto rey de Austrasia. Hijo del rey de los francos Dagoberto, fue educado por el obispo Cuniberto de Colonia; contrajo matrimonio y fue padre del rey Dagoberto II. Joven piadoso y lleno de bondad, de dedicó con gran empeño a obras de misericordia, distribuyó con generosidad ayudas a las iglesias y a los pobres. Murió en Metz (Francia) el año 656.
San Trifón. Nació en Composede, cerca de Nicea, y desde joven se dedicó al estudio de la Sagrada Escritura y, en particular, de los Evangelios. El año 250, durante la persecución del emperador Decio, fue apresado, trasladado a Nicea (Frigia, Turquía) y allí cruelmente inmolado cuando tenía unos 18 años de edad.
San Urso. Tenemos pocas noticias de su biografía. Vivió entre el siglo V y el VIII. Fue sacerdote perteneciente al clero de Aosta (Italia), y estaba encargado de la custodia y culto de la iglesia de san Pedro. Era persona sencilla y austera, caritativa y piadosa. Con su trabajo se alimentaba él y ayudaba a los pobres.
Beata Juana Francisca de la Visitación (de pila, Ana Michelotti). Nació en Annency el año 1843 de familia pobre, pero generosa con los pobres. Después de experiencias religiosas fallidas, fundó en Turín la congregación de las Hermanitas del Sagrado Corazón, para el cuidado gratuito y a domicilio de los enfermos pobres. Murió en Turín el año 1888.
Beato Luis Variara. Nació en Viarigi (Asti, Italia) el año 1875. Sacerdote salesiano, discípulo y compañero de san Juan Bosco. Lo enviaron a Colombia para trabajar entre los leprosos. Se entregó por completo a su tarea, trasmitiendo a los enfermos el espíritu salesiano. Fundó la congregación salesiana de las Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y María, que admitía a jóvenes leprosas. Murió en Cúcuta (Colombia) en 1923.
Beatas María Ana Vaillot y 46 compañeras, mártires. Estas cuarenta y siete beatas fueron fusiladas en Avrillé, cerca de Angers (Francia), tal día como hoy en el año 1794, durante la Revolución Francesa, por su condición de católicas. Todas ellas, frente a la persecución, malos tratos y vejaciones a que fueron sometidas, dieron un insigne testimonio de fe y de perseverancia. Ana María Vaillot y Otilia Baumgartner, eran Hijas de la Caridad; las otras 45 mártires eran mujeres seglares de la diócesis de Angers, y entre ellas había solteras, casadas y viudas.
Beato Reginaldo de Orleans. Era sacerdote y canónigo de Orleans cuando, en un viaje a Roma, se encontró con santo Domingo de Guzmán, quien lo dejó admirado. Ingresó en la Orden de Predicadores y santo Domingo lo envió a Bolonia para que fundara una casa de estudios; con su ejemplo y su predicación atrajo multitud de vocaciones. Más tarde lo envió a París con el mismo propósito, y allí murió el año 1220.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
José y María estaban admirados por lo que se decía del Niño cuando lo presentaron en el Templo. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2,33-35).
Pensamiento franciscano:
San Francisco escribió a santa Clara y a sus hermanas: --Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que siempre viváis en esta santísima vida y pobreza (UltVol 1-2).
Orar con la Iglesia:
Adoremos a nuestro Salvador, luz que ilumina a todo hombre y le ofrece su salvación:
-Redentor nuestro, que eres la gloria de tu pueblo Israel, haz que tu Iglesia brille en todas las naciones.
-Jesús, deseado de todos los pueblos, a quien los ojos del justo Simeón vieron como Salvador, haz que tu salvación llegue a todos los hombres.
-Señor Jesús, en cuya presentación se anunció a María que compartiría tu pasión, fortalece a los que sufren tribulación por causa de tu nombre.
-Cristo, felicidad de los santos, muéstrate junto con tu Madre a quienes más necesiten de vuestro amor y consuelo.
Oración: Señor Jesucristo, enviado por tu Padre para compadecerte de nosotros, acoge las peticiones que te dirigimos confiados en la intercesión de tu Madre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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LA PROFECÍA DE SIMEÓN ASOCIA A MARÍA
AL DESTINO DOLOROSO DE SU HIJO
S. S. Juan Pablo II, Catequesis del 18-XII-96
1. Después de haber reconocido en Jesús la «luz para alumbrar a las naciones» (cf. Lc 2), Simeón anuncia a María la gran prueba a la que está llamado el Mesías y le revela su participación en ese destino doloroso.
La referencia al sacrificio redentor, ausente en la Anunciación, ha impulsado a ver en el oráculo de Simeón casi un «segundo anuncio» (Redemptoris Mater, 16), que llevará a la Virgen a un entendimiento más profundo del misterio de su Hijo.
Simeón, que hasta ese momento se había dirigido a todos los presentes, bendiciendo en particular a José y María, ahora predice sólo a la Virgen que participará en el destino de su Hijo. Inspirado por el Espíritu Santo, le anuncia: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».
2. Estas palabras predicen un futuro de sufrimiento para el Mesías. En efecto, será el «signo de contradicción», destinado a encontrar una dura oposición en sus contemporáneos. Pero Simeón une al sufrimiento de Cristo la visión del alma de María atravesada por la espada, asociando de ese modo a la Madre al destino doloroso de su Hijo.
Así, el santo anciano, a la vez que pone de relieve la creciente hostilidad que va a encontrar el Mesías, subraya las repercusiones que esa hostilidad tendrá en el corazón de la Madre. Ese sufrimiento materno llegará al culmen en la pasión, cuando se unirá a su Hijo en el sacrificio redentor.
Las palabras de Simeón, pronunciadas después de una alusión a los primeros cantos del Siervo del Señor, citados en Lc 2,32, nos hacen pensar en la profecía del Siervo paciente (cf. Is 52-53), el cual, «molido por nuestros pecados», se ofrece «a sí mismo en expiación» mediante un sacrificio personal y espiritual, que supera con mucho los antiguos sacrificios rituales.
Podemos advertir aquí que la profecía de Simeón permite vislumbrar en el futuro sufrimiento de María una semejanza notable con el futuro doloroso del «Siervo».
3. María y José manifiestan su admiración cuando Simeón proclama a Jesús «luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». María, en cambio, ante la profecía de la espada que le atravesará el alma, no dice nada. Acoge en silencio, al igual que José, esas palabras misteriosas que hacen presagiar una prueba muy dolorosa y expresan el significado más auténtico de la presentación de Jesús en el templo.
En efecto, según el plan divino, el sacrificio ofrecido entonces de «un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley», era un preludio del sacrificio de Jesús, «manso y humilde de corazón»; en él se haría la verdadera «presentación», que asociaría a la Madre a su Hijo en la obra de la redención.
4. Después de la profecía de Simeón se produce el encuentro con la profetisa Ana, que también «alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén». La fe y la sabiduría profética de la anciana que, «sirviendo a Dios noche y día», mantiene viva con ayunos y oraciones la espera del Mesías, dan a la Sagrada Familia un nuevo impulso a poner su esperanza en el Dios de Israel. En un momento tan particular, María y José seguramente consideraron el comportamiento de Ana como un signo del Señor, un mensaje de fe iluminada y de servicio perseverante.
A partir de la profecía de Simeón, María une de modo intenso y misterioso su vida a la misión dolorosa de Cristo: se convertirá en la fiel cooperadora de su Hijo para la salvación del género humano.
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MARÍA RESPLANDECE POR EL SINGULAR PRIVILEGIO
DE UN GLORIOSO MARTIRIO (Lc 2,22-40)
De los tratados de Balduino de Cantorbery
Ocurre a veces que, en el proceso de la enfermedad del hijo, sufre más la madre compaciente que el hijo paciente. Esto es obra del amor, que hace suyos los dolores ajenos. Y esto con un plus de dolor, pues se conduele más que al otro le duele, quien en ocasiones desea sufrir solo con tal que el otro no sufra. En el sufrimiento de la condolencia, el alma del que se conduele está en cierto modo dividida de sí en sí. Pues al sufrir la persona amada y para compartir su dolor, el alma se entrega a la persona amada y sale fuera de sí; y movida a compasión, se une a ella para sufrir en su lugar. Y en cierto modo demuestra pertenecer a aquel con quien se ha compenetrado por el sentimiento de la compasión, como si viviera con aquel cuyos tormentos comparte. Por eso, cuando el anciano Simeón profetizó de Cristo y dijo: Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida, añadió a renglón seguido, hablando de la Virgen María: Y a ti una espada te traspasará el alma. Esto es, la espada traspasará tu alma como si realmente fuese la suya.
Puede ensayarse también otra interpretación: Tu alma de él, es decir, tu propia alma, será traspasada por una espada. De hecho la Madre de Dios, que amó más que los demás como más que los demás fue amada, de tal modo se compadeció de su hijo moribundo como si realmente fuera ella la que padecía. Pues su dolor era proporcionado a su gran amor. Y como amaba al Hijo más que a sí misma, las heridas que él recibió en el cuerpo, con agudísimo dolor las soportó ella en el alma. De suerte que la pasión de Cristo constituyó su propio martirio.
Pues la carne de Cristo era de algún modo su propia carne, es decir, la carne de su carne que Cristo había recibido de ella, María la amó más en Cristo que la suya en sí misma. Y cuanto más la amó, tanto más se condolió; sufrió más en el alma que el mártir en el cuerpo. Por eso resplandece por el singular privilegio de un glorioso martirio. En efecto, los demás mártires fueron consumados con el martirio de su propia muerte, mientras que ésta proporcionó de su propia carne, la carne destinada a padecer por la salud del mundo, y en la pasión y por la pasión de Cristo, su alma fue de tal manera invadida por la violencia del dolor, que cual si en Cristo hubiera sido consumada por el martirio, nos sea lícito creer que fue ella la que mereció la más alta gloria del martirio, después de Cristo.
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CÓMO CONCIBIÓ Y VIVIÓ SAN FRANCISCO
EL ANUNCIO EVANGÉLICO

II. PRESENCIA DISCRETA Y LABORIOSA
ENTRE LOS HOMBRES

por Michel Hubaut, o.f.m.
«Y los hermanos que van entre infieles, pueden comportarse entre ellos espiritualmente de dos modos. Uno, que no promuevan disputas y controversias, sino que se sometan a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos» (1 R 16,5-6).
Francisco considera, pues, como «anuncio del Evangelio» esa prolongación directa del misterio de la Encarnación de Cristo. Esta «misión de Nazaret» será descubierta de nuevo por un Charles de Foucauld, que tanto debe a san Francisco en este aspecto. El comportamiento de Jesús es una Buena Nueva, tan decisiva como su enseñanza. ¡Sería extraño hablar de anuncio del Evangelio olvidando que Aquél que dijo: «He venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!» (Lc 12,49), pasó treinta de sus treinta y tres años de vida terrestre en el silencio de lo cotidiano del hombre! ¡Estas son las prisas de Dios! ¡Con tantos carpinteros como había en su tiempo! Esta proximidad sorprendente de Dios que se infiltra suavemente en el tejido de las cosas simples de la vida de los hombres es un «anuncio» revolucionario. La Palabra hecha carne no se manifestó durante treinta años más que en la trama de las relaciones humanas: visitas a los vecinos, a los parientes; presencia en las fiestas del pueblo, en los acontecimientos familiares, religiosos; participación en las oraciones que se hacían en la sinagoga del pueblo los sábados, en la peregrinación anual a Jerusalén... Esta proximidad es tan grande que el día en que Jesús manifestará su divinidad, los que le rodeaban se quedarán profundamente sorprendidos (Mc 6,3). Jesús es una revelación sorprendente del Anuncio del Evangelio.
Esta manera de ser de una vida evangélica fue una de las modalidades esenciales de anuncio para los primeros hermanos menores. Estén ocupados en los trabajos de la temporada dentro del medio ambiente o en las leproserías, la importancia que san Francisco da en las Reglas a la cuestión del trabajo en el exterior es un testimonio evidente de ello. Señalemos de paso que Francisco no envió a sus hermanos a trabajar en casas de terceros para invitar a los hombres a tomar en serio ese trabajo -tenían ya tendencia a trabajar en demasía-, sino para introducir en la vida de trabajo el Santo Evangelio y la vida del Espíritu.
Lo más notable es que Francisco considera esta presencia fraterna como una «función espiritual» entre los mismos infieles y no sólo en el seno de la cristiandad. Porque «confesar que uno es cristiano», tampoco es callarse en una vida anónima, anulada, inodora e insípida en el espesor de lo humano. Vivir como hermanos, invitar a los hombres a reconocerse «hermanos» es un anuncio misionero fundamental. Esta Buena Nueva es tan enorme que se basta a sí misma como «función espiritual». Es, por lo demás, el único signo de «reconocimiento» de su presencia actual entre los hombres que Cristo resucitado deja a su Iglesia: «En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros» (Jn 13,35).
Ahora bien, esta fraternidad evangélica vivida y compartida es lo contrario de un silencio. Ella será necesariamente un riesgo, una provocación y siempre un combate. Invitar a los hombres a descubrir que son hermanos es un «anuncio» que, a veces, costará caro en compromisos dolorosos. ¡No basta estar insertados para estar próximos, no basta estar próximos para estarpresentes! Confesar que soy cristiano en medio de los «infieles», significa en todo caso arriesgar mucho. Cada uno puede fácilmente situar esto en los contextos culturales actuales. Los primeros compañeros de Francisco, si bien compartían los trabajos de sus contemporáneos, estaban lejos de encontrarse «tranquilamente» insertos, ¡causaban incluso escándalo! Paradójicamente, estaban más marginados que integrados en su sociedad. Su «anuncio» silencioso tenía aires de rupturas que estallaban como palabras provocativas.
Este tiempo de la amistad compartida, del amor sembrado, del grano enterrado es, por tanto, una forma de «palabra» tenida en cuenta por Francisco y sus hermanos. No se trata sólo de hablar del Reino, sino de vivirlo ya un poco, de proclamar con la propia vida que se poseen ya algunas semillas y algunos bienes: la paz, la alegría, la justicia, el amor, los frutos del Espíritu de las Bienaventuranzas. Los hombres deben presentir, por el anuncio de nuestra vida, los secretos de ese mundo nuevo. En el fondo, Francisco captó fuertemente que el Reino no es una realidad que se demuestra, sino que se muestra.
Una de las características de este anuncio es el respeto a las personas, virtud evangélica y franciscana fundamental. Esta amistad verdadera, sin cálculos, invita por sí misma a compartir lo que cada uno tiene de más profundo y mejor. A veces, y con más frecuencia de lo que se piensa -he sido a menudo testigo de ello en país musulmán-, se nos puede presentar la ocasión de compartir lo que constituye el corazón de nuestra vida: yo hablaré de mi Señor, a quien amo, y él me hablará de sus convicciones, sencillamente, libremente, respetuosamente, porque cada uno sabe que el otro no trata de recuperarlo, de enrolarlo en su sistema, puesto que se ama y se tiene un respeto mutuo.
Según Francisco, para vivir esta clase de «anuncio», era necesario recibir el llamamiento del Espíritu del Señor y estar enteramente habitado por su presencia. Porque hace falta saber callarse y escuchar largo tiempo para discernir y anunciar los pasos de Dios en una realidad humana. Escuchar y compartir, intercambiar mutuamente nuestros puntos de vista para ver las huellas de Dios que cruzan los pasos de los hombres, supone hermanos convencidos, como Francisco, de que el amor de Dios nos precede por todas partes, activo en la vida de las personas y de los grupos, a pesar de las ambigüedades y del pecado. Y este «Espíritu que continúa su obra en el mundo y consuma toda santificación» no se discierne más que junto a lo más profundo de las realidades de cada día. Atreverse a anunciar la Buena Nueva de Jesucristo, requiere que ella resuene en lo más profundo de nuestras solidaridades. Gritar a Jesús como un eslogan publicitario, pegado en el exterior (pienso en esas singulares pegatinas), encargado de realizar el milagro de la felicidad, es una falta de fe en el Cristo encarnado y una falta de respeto a las personas.
El anuncio de Jesucristo resuena en «una historia de salvación». Tal anuncio brota de Dios, pero en medio de los hombres. «Anunciar» en el interior de todos los grupos humanos, es vivir a Cristo que quiso él mismo estar vinculado a una condición social y cultural determinada; esto no es recortar la Buena Nueva, sino darle su «encarnación». Francisco lo presintió ya perfectamente.

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