sábado, 31 de enero de 2015

Mantra para el viernes (III), 23/11/12; Palabras Clave: El concepto de «autoridad» propio del siglo XIX ha desaparecido casi por completo de Estados Unidos y otras partes del mundo. Si alguien tiene algo que temer son los padres respecto de los hijos, no a la inversa, y por una razón muy sencilla. Hoy la concepción general es que lo nuevo es lo más bueno; los hijos siempre son más nuevos y conocen mejor que sus padres las cosas nuevas. Por tanto, los progenitores tienen mucho que aprender de sus vástagos.


Comentario
Antes de analizar el problema moral de la autori­dad en nuestros días, quisiera adentrarme en una ex­plicación teórica más general sobre el concepto de «autoridad». Es muy útil establecer una diferencia­ción entre autoridad racional e irracional. A mi modo de ver, la autoridad irracional se ejerce a través del miedo y la presión, gracias a la sumisión emocional del otro. Ésta es la autoridad de la obediencia ciega, la que se plasma en el sistema político de todos los regímenes totalitarios.
Sin embargo, existe otro tipo de autoridad: la au­toridad racional, que se basa en la aptitud y el cono­cimiento, permite la crítica y tiende por su propia na­turaleza a disminuir de intensidad, pero no se basa en los factores emocionales de la sumisión y el maso­quismo, sino en el reconocimiento realista de la apti­tud del individuo para una determinada labor. Si via­jo a bordo de un barco y se declara una emergencia, no me conviene enzarzarme en una discusión con el capitán. Me someteré a sus órdenes porque presu­pongo, con razón, que es competente y capaz. Si eli­jo a un médico competente, 



reconozco su autoridad racional porque estoy convencido de su capacidad y de la necesidad de guiarme por sus recomendaciones. Desde una perspectiva dinámica, ésta es una autori­dad completamente distinta de la irracional, que tiene motivaciones, funciones y efectos muy diferentes.
Asimismo, se puede establecer otra diferencia­ción entre autoridad declarada y autoridad anónima, una distinción que considero que es importante te­ner en cuenta. Un caso de autoridad declarada se da cuando el padre advierte a Johnny: «No hagas eso. Si lo haces, ya sabes lo que ocurrirá». La autoridad anó­nima se manifiesta en la siguiente advertencia de la madre: «Estoy segura de que no quieres hacer eso». Por el tono de voz, Johnny comprende lo que con­viene y no conviene hacer según los criterios de su madre. Por muchas experiencias anteriores conoce las reacciones de tristeza, depresión o angustia de su madre y sabe que si no hace lo que ella le insinúa de modo sutil las consecuencias serán mucho peores que una buena paliza. En el primer ejemplo la autoridad es declarada y explícita, mientras que en el segundo es anónima, y aunque se expresa en términos de tole­rancia y permisividad, cualquiera que conozca el jue­go sabe a qué atenerse. En mi opinión, es preferible la autoridad declarada, porque el individuo —como ocurría a menudo en el siglo xix— puede enfrentarse a ella si lo considera oportuno, y en ese proceso de lucha y oposición contra la autoridad declarada des­arrolla su carácter y madura como persona. La auto­ridad anónima, en cambio, es casi «imbatible», si se me permite la expresión. Es como si nos disparan en una emboscada. No sabemos quién ha decidido tal acción, ni cuáles son las reglas. Somos conscientes de lo que ocurre y, sin embargo, no podemos hacer nada para evitarlo.
La diferencia entre la autoridad del siglo XIX y la del siglo XX es que la autoridad decimonónica era declara­da, mientras que la del siglo xx es anónima. ¿Dónde ra­dica la autoridad anónima? En el mercado, la opinión general, el consenso general, aquello que hace todo el mundo, el afán de no diferenciarse de los demás, de no alejarse tres metros del rebaño. De este modo, el hom­bre cree actuar según su libre albedrío, cuando, en rea­lidad, no hay nada sobre lo que se forjen tantas fanta­sías infundadas como sobre su propia persona. Nos enorgullecemos, hasta cierto punto con razón, de la actitud característica de nuestro tiempo con res­pecto a la explotación, radicalmente distinta de la que prevalecía en siglos anteriores. No cabe duda de que la explotación del hombre, tal como se concebía en el siglo xix, ha desaparecido casi por completo de las grandes democracias occidentales, no sólo en la políti­ca interior, sino también en la relación con los pueblos coloniales sobre los que se ejercía una cruel opresión hace apenas un siglo. Esta forma inhumana de utili­zar al otro en nuestro propio beneficio, aunque no se ha erradicado por completo, ha disminuido hasta tal punto que podemos pronosticar que desaparecerá dentro de pocas generaciones. Sin embargo, paralela­mente ha surgido otro tipo de explotación. Hoy todo individuo es su propio explotador, puesto que utiliza sus recursos humanos para fines que trascienden su propia persona. El único objetivo importante es la producción de cosas, en detrimento de otros ideales que a veces enunciamos con aparente convicción, como el pleno desarrollo de la personalidad, el pleno naci­miento, el pleno desplegarse del hombre.
En el afán de producir bienes y servicios, de trans­formar los medios en fines, nos convertimos en ob­jetos. Construimos máquinas que emulan una con­ducta humana y producimos hombres que imitan el funcionamiento de las máquinas. Si en el siglo xix el hombre corría el riesgo de convertirse en esclavo, en el siglo XX puede llegar a convertirse en robot o autómata. En todo este proceso, después de esmerarnos en ahorrar tiempo a toda costa, nos avergüenza no saber cómo emplear el tiempo ahorrado, un re­curso que, en el mejor de los casos, nos limitamos a matar. Imagine lo que ocurriría hoy en Estados Uni­dos si se impusiese una semana laboral de tres días. Estoy seguro de que no tendríamos suficientes hos­pitales para atender las crisis nerviosas que provoca­ría la disposición de tanto tiempo libre, unida a la in­certidumbre sobre cómo aprovecharlo. Rendimos culto a los objetos, los productos, los bienes que te­nemos a nuestro alcance y nos sometemos a ellos. En la formación religiosa o escolar, así como en los ofi­cios religiosos, cuando se aborda la cuestión de la ido­latría, se evoca tal vez la figura de Baal u otros ídolos cananeos, y en muchos casos se transmite la impre­sión de que los buenos cristianos, judíos, musulma­nes o miembros de cualquier otra religión han supe­rado desde hace tiempo la idolatría. Sin embargo, sólo ha cambiado el objeto. El culto a las cosas, el culto a los productos, en nada difiere de la idolatría que des­criben los profetas y dioses, los ídolos que tienen ojos y no pueden ver, tienen manos y no pueden tocar.
Pero el hombre, que no es un objeto, enferma ine­ludiblemente si se transforma en cosa. Los franceses son quienes mejor conocen esta enfermedad desde el siglo xvIII, de ahí que sólo haya vocablos franceses para designarla: ennui, malaise, la maladie du siécle, «la enfermedad del siglo», frase acuñada ya en el si­glo XIX. En inglés existen términos como boredom, the feeling of meaninglessness of life y, en castellano, tedio, que es la sensación de futilidad vital, de que vi­vimos en la abundancia y carecemos de alegría, de que la vida se nos escapa de las manos como la arena, de que no sabemos adónde vamos, de que prevalece la confusión y la perplejidad. Recientemente se ha acu­ñado un término científico más preciso, neurosis, que designa esta clase de trastorno.
No es habitual acudir a la consulta del médico para tratar este problema: «Doctor, siento que mi vida ca­rece de sentido. No soporto más el tedio». No es co­mún considerar que este sentimiento requiere la in­tervención de un especialista. Conviene recordar que toda cultura tiene su propia ideología de la enferme­dad. Butler lo expresó de una manera muy bella en Erewhon, donde el que tiene un catarro debe decir que está deprimido y el que está deprimido dice que tiene un catarro. Se nos adoctrina sobre lo que se debe considerar enfermedad, de modo que la mayo­ría de la gente no dice que sufre por aburrimiento o por una sensación de futilidad vital, sino que padece insomnio, cierta incapacidad de amar a su pareja o a sus hijos, la necesidad de beber, insatisfacción labo­ral, cualquier cosa que sea permisible y encaje en el concepto de «enfermedad». Sin embargo, el insom­nio, el alcoholismo y la infelicidad son manifestacio­nes de la enfermedad del siglo, es decir, la sensación de que la vida carece de sentido, una consecuencia de la transformación del hombre en objeto.
Apuntes del libro: La vida auténtica de Erich Fromm de Editorial Paidós

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