sábado, 31 de enero de 2015

Mantra para el jueves (II), 22/11/12; palabras Clave: La felicidad es una condición natural


Comentario
Me gustaría comenzar con una premisa que convendría examinar con detenimiento. Puede que el lector no esté de acuerdo; pero, en cualquier caso, en estas páginas voy a dar por sentado que la condición natural de los seres hu­manos es la felicidad. De algún modo, tengo la certeza de que Dios nos ha creado para ser felices en este mundo y en el otro. Y por tanto, en mi opinión, la consecuencia lógica es la siguiente: si una persona es crónicamente in­feliz, es que algo no marcha bien, algo falla. Por supuesto, puede que no sea culpa suya o que no tenga otra alternativa; sin embargo, sigo insistiendo, en que algo falla. En cual­quier caso, pido paciencia al lector mientras intento ex­poner mi pensamiento en las páginas siguientes.
El deseo innato: una historia de frustración


Yo creo que todos sentimos un innato y persistente deseo de ser felices; pero, por desgracia, también hemos expe­rimentado en alguna ocasión la frustración de ese deseo, y nuestros sueños de felicidad se han visto defraudados. Estoy seguro de que todos recordamos haber acariciado alguna ilusión que posteriormente se ha desvanecido. So­ñábamos, por ejemplo, que, si hubiera una «bicicleta junto al árbol de Navidad», la vida sería magnífica. Y, una mañana de Navidad, una bicicleta nueva= y brillante apa­reció junto al árbol. Nos quedamos extasiados. Pero en los días posteriores la pintura comenzó a cuartearse, el para­choques se abolló, los ejes comenzaron a chirriar... y el sueño, lentamente y casi sin sufrimiento, se fue extin­guiendo. Pero, de todos modos, para entonces ya teníamos otra ilusión. Aunque, uno tras otro, todos nuestros sueños parecían disfrutar de unos instantes de gloria y luego se desvanecían, de modo que nuestras expectativas de feli­cidad duradera se perdían a lo largo del camino.
Expectativas y felicidad
Por supuesto, las expectativas tienen mucho que ver con nuestra felicidad, y ésta es una de las lecciones vitales más difíciles de aprender. En la medida en que pensemos que nuestra felicidad proviene de cosas externas a nosotros o incluso de otras personas, nuestros sueños estarán desti­nados a la muerte. La fórmula verdadera es: F=TI; o, lo que es lo mismo: la felicidad es una tarea interior.
La mayoría somos unos románticos impenitentes, y, por desgracia, la esperanza romántica no muere con fa­cilidad. De modo que continuamos acariciando nuestros sueños irreales; glorificamos la realidad con expectativas en tecnicolor; construimos castillos en el aire; insistimos en imaginar la vida y la felicidad como la cerradura de una caja fuerte y creemos que, en cuanto demos con la com­binación, habremos ganado la partida. Pero siempre que pongamos nuestra felicidad en lo que las cosas prometan o la dejemos en manos de otros seres humanos, seremos víctimas de la frustración.
Hace algunos años, un abogado especializado en di­vorcios sostenía que la mayor parte de los divorcios eran consecuencia de expectativas irreales. Jack piensa, que estar casado con. Jill será la felicidad absoluta. Llama a su amada «Ángel» y «Cariño», cree que es lo único que va a necesitar en la vida y le recita las románticas letras de las canciones de amor. Pero, poco después de que las campanas de boda se hayan convertido en un eco, la verdad se impone: modales desagradables, aumento de peso, cenas quemadas, rulos en el pelo, mal aliento, olores corporales de vez en cuando... Entonces se pregunta en silencio cómo se ha metido en ese atolladero y piensa, en secreto, que Jill le ha engañado. Él ha apostado su felicidad en «Carita de Ángel» y, aparentemente, ha perdido.
Desde el otro ángulo, antes de su matrimonio, el co­razón de Jill latía un poquito más rápido siempre que pen­saba en Jack. Casarse con él sería estar en el paraíso. «Jackie, el niño y yo... Los tres en mi cielo azul». No contaba con la ceniza de los cigarros, con su adicción a los acontecimientos deportivos televisados, con sus pe­queñas pero dolorosas insensibilidades, o con el hecho de que el único orden que guarda su ropa tirada por el suelo... es el cronológico. Su príncipe azul se ha convertido en un «hombre desastroso»: la tapa del tubo de pasta de dientes ha desaparecido; el pomo de la puerta que él prometió arreglar sigue quedándosele en la mano... Jill llora mucho y empieza a buscar «consejeros matrimoniales» en las pá­ginas amarillas. En cierta ocasión, Jack la llevó galante­mente a ver una cinematográfica puesta de sol; pero, a partir de ese momento, todo ha sido oscuridad.
El cincuenta por ciento de los matrimonios terminan en divorcio. El sesenta y cinco por ciento de los segundos matrimonios desembocan en el mismo y traumático de­senlace. Cuando esperamos que algo o alguien nos haga felices, siempre nos encontramos con la desilusión. Esas expectativas son una cabalgata en la que siempre llueve. Un lugar llamado «Camelot» y una persona «Perfecta»... simplemente, no existen. Las ilusiones siempre parecen arrebatadoras, pero pronto se sumen en la oscuridad y la desilusión de la noche. Nuestros errores comienzan cuando esperamos que las personas y las cosas se responsabilicen de nuestra felicidad. En cierta ocasión vi unos dibujos animados de una mujer enorme, apoyada sobre su diminuto marido, al que exigía: « ¡Hazme feliz!». Era una caricatura; pretendía hacer reír; era una distorsión de la realidad. Por eso era divertido. Nadie puede hacernos verdaderamente felices o infelices.
Las tristes estadísticas
Estoy dando por sentado que todos somos capaces de adquirir el «hábito de la felicidad». Pero el filósofo Tho­reau dijo en cierta ocasión que la mayoría «llevamos vidas de silenciosa desesperación». Thoreau pensaba que hemos abandonado toda esperanza de verdadera y duradera feli­cidad. La evidencia contemporánea es abrumadora, y da la impresión de que Thoreau tiene razón: el índice de di­vorcios está aumentando; los malos tratos a los niños y al cónyuge son epidémicos; se ha incrementado la incidencia de la dependencia química del alcohol y de otras drogas; hay una explosión de embarazos de adolescentes; las ban­das violentas proliferan en nuestras calles; la policía pa­trulla por los pasillos de los institutos; las prisiones están repletas; y los nubarrones de una confrontación interna­cional son omnipresentes. Hay muchos que opinan que todo esto explica nuestra infelicidad nacional.
Incluso el aire que respiramos ha sido declarado con­taminado. La lluvia que riega nuestras cosechas es «lluvia ácida». Los alimentos que comemos, según parece, con­tienen muchos agentes cancerígenos. Además, está la pe­sadilla del SIDA, que, según se dice, acabará con millones de vidas. Es obvio que nadie puede captar en profundidad toda esta problemática sin correr el riesgo de deprimirse. En otras palabras, si alguien no se siente mal, probable­mente es porque no ha prestado atención. O, como dijo Walter Cronkite: «Si piensas que las cosas marchan bien, mejor será que te reparen el televisor».
No es sorprendente que la Organización Mundial de la Salud haya designado a la depresión como la enfermedad más extendida en el mundo. Un tercio de los norteame­ricanos se despiertan cada día deprimidos. Los expertos estiman que sólo entre un diez y un' quince por ciento de los norteamericanos se consideran verdaderamente felices. La tasa más alta de suicidio entre los profesionales liberales es la de los psiquiatras. Según parece, ni siquiera la psi­quiatría proporciona la combinación correcta para dar con el secreto de la felicidad. En consecuencia, hay mucho cinismo en torno a ella. Dado que su búsqueda ha resultado infructuosa para la mayoría de nosotros, muchos se han dado por vencidos. Por tanto, se busca la solución atibo­rrándose de pastillas, vagando por la niebla química, co­miendo, bebiendo e intentando parecer feliz. Alguien ha dicho que «la vida es una lucha en la que se muere». Para muchas personas, la promesa y la posibilidad de una fe­licidad real sólo es una burla cruel: la zanahoria mecánica que se nos pone delante para que corramos más rápido y perseveremos sin desmayo.
La felicidad publicitaria
A pesar de la desilusión que hemos experimentado con lo exterior, nunca miramos en nuestro interior para encontrar lo que buscamos. Tal vez tenía razón Dag Hammarskjóld cuando dijo que somos grandes exploradores del espacio exterior, pero muy poco hábiles explorando el espacio in­terior. Quizá nos haya ofuscado el maremoto de publicidad que nos inunda y nos asegura que seremos felices si com­pramos y usamos determinados productos: tendremos buen aspecto, daremos buena impresión, oleremos bien...; en suma, conduciremos por las autopistas de la vida con una feliz e imprudente despreocupación. Estos reclamos pu­blicitarios quieren hacernos creer que la felicidad no es más que una multiplicación de placeres.
De modo que nos hemos endeudado consumiendo todos los productos portadores de felicidad. Y, sin em­bargo, continuamos «llevando vidas de silenciosa deses­peración». No hemos sido capaces de sacar partido a las estimulantes promesas de felicidad. Hay un chiste sobre una joven vendedora de perfumes a cuya espalda había un gran anuncio que decía: « ¡ESTE PERFUME LE GARANTIZA QUE USTED CONSEGUIRÁ UN HOMBRE!» Una solterona se acercó al mostrador y preguntó con cautela a la dependienta: «¿Está realmente garantizado que se consigue un hombre?» Y la joven respondió: «Si estuviera realmente garantizado, ¿cree usted que yo pasaría aquí ocho horas al día vendiendo este perfume?»
¿No será, sencillamente, que en materia de felicidad «antes se llena el papo que el ojo»?; ¿se trata de un simple caso de expectativas no realistas? No creo que sea tan sencillo. Lo que ocurre, en mi opinión, es que buscamos la felicidad en lugares equivocados. Ciframos nuestras es­peranzas en otras personas y en objetos que, sencillamente, no pueden satisfacerlas. Yo tengo en el espejo, encima del lavabo, un mensaje para recordarme a mí mismo lo si­guiere: «Estás viendo el rostro de la persona responsable de tu felicidad». Y cada día estoy más convencido de que así es.
Apuntes del libro: La felicidad es una tarea interior de John Powell de Editorial Sal
Terrae

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